Tras analizar la importancia de lo que año tras año se conmemora cada 8 de marzo (cuando 129 mujeres trabajadoras de la fábrica textil Cotton de Nueva York murieron calcinadas en un incendio provocado por las bombas incendiarías que les lanzaron desde la calle ante la negativa a abandonar el encierro en el que protestaban por los bajos salarios y las infames condiciones de trabajo que padecían), la conferenciante pasó a analizar los numerosos mecanismos de exclusión de lo femenino que todavía hoy día operan a nivel social y que en muchas ocasiones pasan inadvertidos, por lo que es necesario mantener los ojos bien abiertos: la frecuente utilización de sólo los nombres de pila y los diminutivos cuando se designa a las mujeres; la desautorización del discurso femenino tildándolo de histérico o emocional; la celebración del romance heterosexual como mecanismo de control en el que el amor se confunde con una aberrante incondicionalidad; la celebración de la cultura de la privación calórica, la intervención quirúrgica con fines estéticos y la negación del derecho a envejecer como mecanismos que intentan (con bastante éxito hasta la fecha) ajustar a la mujer a un molde que la asimila y le usurpa su singularidad y al que ella se entrega gustosa para lograr la tan ansiada aprobación social; el cuerpo femenino usado en la publicidad como fetiche erótico o como muestra de ser un sujeto enfermo sometido a una medicalización constante sobre la que ella no ejerce ningún control; el uso de mitos y estereotipos (incluso en la literatura considerada excelente) que la convierten en un ente infantil, erótico o maligno (algo que sirve para impedirle participar en el proceso de simbolización); el uso de velos y otros mecanismos de aislamiento como el pudra o el harén, o el uso de la violencia física en un caso extremo.
Como conclusión, la profesora recordó a sus alumnos y alumnas que, ante la brutal escalada de la violencia de género en estos últimos años, las únicas heridas que una mujer puede permitirle a un hombre son las que abren en ella el amor y el deseo. Para ello, indicó, hay que recordar como un faro guía, las palabras con las que Sor Juana Inés de la Cruz concluye su poema “Primero Sueño”, escrito en el siglo XVII: “el mundo iluminado y yo despierta”.